Hay un momento raro en cualquier día de semana. El trabajo terminó, pero el cuerpo no se enteró todavía. Seguís acelerado, revisando el teléfono, pensando en lo que falta para mañana, aunque técnicamente ya estés "libre".
Estás libre en el papel. Todavía no en el cuerpo.
Por eso mucha gente inventa, sin darse cuenta, un pequeño ritual para marcar el cambio. Algunos se cambian la ropa apenas llegan a casa. Otros abren una ventana, aunque haga frío. Otros necesitan ese minuto de silencio, antes de que alguien les hable.
Preparar un té puede ser esa misma señal.
Es el gesto en sí: elegir un sabor, esperar el agua, ver cómo cambia el color en la taza. Ese ratito obliga a hacer algo que en todo el día no hiciste ni una vez: nada más.
Vas a seguir teniendo la misma cantidad de cosas pendientes cuando termines la taza. Eso no cambia. Lo que cambia es que, por dos minutos, decidiste que nada de eso te podía interrumpir.
Y eso, algunos días, alcanza.
Un ritual simple para probar hoy:
- Elegí el té según cómo te sentís, no según lo que "hace bien". Si tenés ganas de algo dulce, que sea dulce.
- Preparalo sin hacer nada más al mismo tiempo. Nada de scroll mientras esperás.
- Tomá el primer sorbo parado, si querés. Pero el segundo, sentate a disfrutarlo.
Ese segundo sorbo, casi siempre, es mejor que el primero.
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